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lunes, 15 de abril de 2019

Ahora no puedo

Basado en una historia real
Hacía varios días que no sabía nada de él, y esto me dio que pensar. Revisé mentalmente lo hablado la última vez pero no hallé nada que me indujese a creer en algún malentendido que lo distanciase de mí. Entonces ¿a qué era debida esa repentina y prolongada incomunicación con el que, consideraba yo, era uno de sus pocos amigos? Decidí llamarlo.
─ Diga ─se oyó con voz quejumbrosa al otro lado de la línea.
─ Alfredo, soy yo Antonio.¿Estás bien? No sé nada de ti desde hace días.
─ Antonio, ahora no puedo hablar. Perdona. Te llamo en otro momento…
─ Pero ¿qué te ocurre? No te encierres, Alfredo. Debes salir, aunque solo sea para dar una vuelta a la manzana. Cruzarte con la gente por la calle te hará bien, hazme caso.
─ Ya, Antonio. Eso mismo me ha dicho mi médico. Pero no puedo.
─ Pues debes hacerlo, prométeme que lo harás ─y colgué. No quise atormentarlo más. Quizá debía dejarlo recuperarse y no interferir en su deseada soledad.
Alfredo encendió uno de sus cigarrillos puros. Miró a la ventana y vio el edificio de enfrente. En otras circunstancias habría salido sin dudarlo, porque el día estaba límpido de nubes y la temperatura era agradable. Pero negó con su cabeza, recordando esas últimas palabras de su amigo, y se sirvió una copa que engulló de un solo trago, acompañándola de su medicación. Después se dirigió al tocadiscos y buscó entre sus vinilos. Sí, ese de Led Zeppelin estaría bien. Black Dog comenzó a sonar mientras él, recostado en su sillón, cerraba los ojos para rememorar los mágicos momentos en que escuchó por vez primera esos acordes de guitarra eléctrica.

Adormilado percibió que la música cesaba. La aguja retornó a su posición de reposo y él se levantó para darle la vuelta al vinilo. Se hallaba próximo a la ventana que daba al callejón trasero y percibió esos aromas tan conocidos provenientes del obrador de pastelería que se encontraba debajo de su vivienda. Muchas veces había estado en ese salón de té, degustando las exquisiteces allí elaboradas mientras tomaba un café solo, bien cargado. Tan solo tenía que ponerse algo decente, no necesariamente ir trajeado como era su costumbre, para bajar hasta él. Debía estar trabajándose en algo nuevo que tenía que saborear, aunque fuera en solitario y ya no con esa mujer con la que tantas tardes compartiera, además de su alcoba, esos agradables momentos. Esa que le abandonó y que fue la causa de su caída, de su severo alcoholismo.

Nadie podría asegurarme si Alfredo llegó finalmente a bajar a la calle. Tal vez lo hiciese por cumplir la promesa que me hizo, me cabe la duda. Lo cierto es que, pocos días después, se me comunicaba telefónicamente el fallecimiento ocurrido unos días antes. Había muerto en su domicilio en extrañas circunstancias. Me quedó un amargo sabor.

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Pueblo fantasma

No ha pasado tanto tiempo. Aún soy capaz de recordar el silencio que campaba por sus estrechas y empinadas calles poco antes del alba. Ese silencio, roto por el periódico campaneo que dejaba oír su lamento y que, imperturbable, invadía todos los rincones. O tal vez, por el lejano pitido de una locomotora que, arrastrando solo unos pocos vagones, anunciaba su proximidad al pueblo para, con toda seguridad, recoger a unos mozalbetes que deseaban abandonar cuanto antes aquel lugar en busca de un futuro más prometedor en las ciudades, renunciando a sus familias.
 

Pero pronto se levantaba un murmullo que se iba generalizando. De las casas salían temerosos sus pobladores, frotándose aún los ojos por ese despertar forzado que les obligaba a acudir a sus rutinas laborales. Las pocas tiendas abrían sus puertas. El olor a pan recién hecho recorría todas las fosas nasales, penetraba en la carnicería donde se confundía con el aroma de la carne fresca, en la pescadería y en la frutería, y seguía su recorrido ascendente hacia las cercanas montañas.
Y también recuerdo cuando tenían lugar las fiestas. Esas en las que se lanzaba desde lo alto del campanario de la iglesia, sin ningún resquicio de dolor, a una cabra que bien pudiera esperar idéntico final si era una de las seleccionadas para el famoso guiso de cabrito que se hacía en la misma plaza, a la vista de todos, condimentado con las magníficas hierbas aromáticas recogidas a los pies de la montaña. Y cuando llegaba la noche esos bailes amenizados por una orquesta compuesta por músicos formados allí mismo que tocaban sin parar hasta altas horas de la noche, invitando a que las parejas se reunieran en danzas sensuales que, en el caso de los más jóvenes, los llevaran a ocultos rincones donde desfogar sus ardientes deseos.
Entonces el pueblo tenía un considerable número de habitantes. Pero su descendencia, a medida que se iba haciendo mayor y adquiriendo conciencia de progreso, tomaban la firme determinación de marcharse, algunos incluso formando ya una nueva familia a la que querían dotar de una confortabilidad mayor de la que ellos suponían podía alcanzarse en aquel ridículo pueblo, aunque siempre podían volver por vacaciones.
Ahora, sin poder salir de aquí, paseo por sus vacías calles, por su plaza mayor, por las casas que quedaron todas abiertas ya que en ellas no restaba nada, tan solo esos muebles viejos carcomidos y escasos enseres. En el campanario ya no tañe esa campana, permanece inmóvil desafiando el paso de las horas sin anunciarlas. Y tampoco anuncia ya su llegada el ferrocarril porque el nuevo trazado dejó obsoleto el próximo al pueblo y el más rápido avanza lejos de él, como renunciando a acercarse a la muerte.
Pero mi parada obligada tiene lugar cuando me acerco al cementerio y contemplo las lápidas, los nombres y fechas inscritos en ellas, los recuerdos que me traen de aquellos felices tiempos. Y sin poder evitarlo dirijo la mirada hacia la que reza mis datos.
 
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Libre albedrío

¿Fobia? ¿yo?
Empecemos por aclarar el término.
Según reza en el diccionario, fobia es un “temor intenso e irracional, de carácter enfermizo, hacia una persona, una cosa o una situación”, o también “odio o antipatía intensos por alguien o algo”.
Bien. Hay dos opciones para tenerla: o temo a alguien (o a algo), o le tengo un odio o antipatía sin igual. Les pondré en situación y juzguen ustedes.
Mi vecino es el típico que mira de arriba abajo cuando uno se cruza con él. Debe poner en conocimiento de todos que hago o dejo de hacer tal o cual cosa. Y seguro que critica mis acciones desde el punto de vista más subjetivo que pueda adoptarse por lo que, en base a ello, todas son punibles. A veces me planteo tomar una iniciativa en función del resultado que pueda obtener y, por tanto, qué comentarios y valoraciones pueda hacer de mí. En ese sentido, tendría temor. No obstante, mi determinación me obliga a realizar la acción, o no, sin miramientos, lo que desmonta el miedo enfermizo; aunque tampoco es menos cierto que, precisamente por esa actitud, mi consideración hacia él roza más bien el odio.
Siguiendo el planteamiento cartesiano de dudar de todo, lo primero que tendría que hacer sería cuestionar si tal comportamiento tiene lugar, para asegurar que por ello está justificada mi actitud hacia él. Porque, al igual que pensaba Descartes, un genio maligno puede estar haciéndome creer tal cosa sin llegar a ser cierta. Pero a este ser, me refiero al genio, lo conozco desde que tengo uso de razón y sé que no me engaña. Por tanto, la forma de actuar del vecino debo considerarla cierta.
Y, de cara a la segunda alternativa, si mi actitud ante él fuera de odio ¿por qué motivo, entonces, lo saludo cordialmente? No, está claro que no lo odio. Solo me resulta algo antipático, pero no en el grado de intensidad que define el término fobia. Si esto fuera cierto, cosa que pongo en duda siguiendo el antedicho planteamiento, no tendría sentido que hubiera acudido a una reputada tienda de armamento militar, entretenido por más de media hora al sufrido dependiente para que me muestre todos los artículos y, finalmente, marcharme con un paquete bajo el brazo. El genio maligno no me ha propuesto que haga tal cosa, de eso puedo estar seguro.
Entonces, si descartamos el odio acérrimo y aún así se sigue pensando en la existencia de la fobia, de la que el genio no puede engañarme, no cabe otra cosa por concluir que poseo un temor intenso e irracional hacia él. Tal vez por eso haya decidido armarme, conociendo de antemano que el individuo es incapaz de matar una mosca. O eso me hace pensar el genio. No lo creeré, por el momento.
Quizás ahora, por ese motivo, estoy aquí esperando a que llegue, en el rellano de la escalera que necesariamente él debe tomar, ya que vive en un primer piso y renuncia coger el ascensor. Me siento en el frío escalón, sin consideraciones a lo que me pueda estar diciendo mi genio interior. Permanezco ahí sentado bastante tiempo. Otros vecinos me han mirado interrogantes, pero no han lanzado ni una pregunta al por qué de mi espera o si he perdido las llaves. Se han limitado a saludar, o no, y continuar su camino.
Finalmente ha aparecido mi vecino, con una sonrisa en su rostro por todo saludo. No me tomo la molestia de contestar ni devolviendo ese sencillo gesto. Deshago el paquete ante su atenta mirada, como si fuera un regalo que pretendo hacerle en reconocimiento de algún detalle que desconoce. Ante sus aterrorizados ojos aparece el arma blanca, brillante, nueva. He de reconocer que es preciosa, pero no la voy a utilizar en mi faceta de cazador, por el momento.
El vecino se queda paralizado ante la visión del objeto. “No pensará usted… aquí” dice tartamudeando, con un terror palpable, su cara pálida, sus piernas temblando perceptiblemente por el leve movimiento de las perneras del pantalón. Cojo el cuchillo, me pongo en pie y me dirijo hacia él. Debo actuar rápido ya que cualquier vecino puede entrar o salir de un momento a otro. El individuo no se mueve. Tan solo levanta los brazos en ademán de que detenga mi acción, pero como he dicho antes, mi determinación es férrea. Me coloco detrás de él y pongo el cuchillo en su garganta. Sus esfínteres no le obedecen y un pequeño charco se forma a sus pies. Es todo mío. Ahora tengo que decidir si atiendo las indicaciones del genio interior, el cual tampoco termina de aclararse, también le han asaltado las dudas y me agobia en sus contradicciones.
“Por favor, no lo haga” me implora. Yo sigo escuchando las elucubraciones de mi genio, que se debate en un cúmulo de interrogantes y respuestas. Un asesinato en el zaguán, que queda parcialmente oculto a la vista de la calle, dejaría a la policía sin prueba alguna del homicida. Ahora me siento con total libertad para hacer lo que solo yo decida.
“¿Le gustó mi cuchillo?”, termino diciéndole.

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Juego de ciencia

Un corazón de lana y acero comenzó a latir rítmicamente. Los niños se miraron y comenzaron a chillar y saltar de alegría. Habían creado vida con ese juego.
El corazón pareció querer participar de la algarabía acelerando su ritmo para, poco después, explotar.

¿Alienígenas inteligentes?

Esas alas de plástico servían para volar. Al menos eso parecía, aunque quizá fuesen de otro material. Pero eso era lo que menos importaba. Se conseguiría el sueño del ser humano desde el origen mismo de su existencia.
Solo había que suplicarles que también se las pusieran a ellos, si es que llegaban a entenderse algún día.

A un año-luz

Medí la distancia desde la cadera a los pies. ¡Había crecido diez centímetros! desde la última vez, que fue, si mal no recuerdo, 36 horas antes según el indicador temporal interno. Según el otro temporizador, el que registraba el lapso terrestre, veinte años. De nada me servía allí seguir pensando en la magnitud día, pero tener siempre presente esa unidad de tiempo me resultaba indispensable para no enloquecer.
Después medí el cuerpo y la cabeza… Siete centímetros y medio más. Las proporciones se mantenían, lo cual era interesante, porque a esa distancia eran absolutamente desconocidos los cambios que podían operarse en el cuerpo humano.
La nave seguía viajando por un espacio vacío. Los pequeños fragmentos dispersos de rocas chocaban contra las metálicas paredes exteriores y se deshacían sin provocar daño alguno. Para pedruscos mayores, cometas, asteroides o, planetoides, el sistema de radares multidimensional evitaba cualquier fortuita colisión, cosa, por otra parte, altamente improbable dadas las inmensas distancias existentes entre cuerpos celestes. El sistema era tan eficaz que podría detectar un eventual agujero negro, aunque a la distancia que me encontraba del sistema solar era una idea francamente absurda.
Me hallaba solo en ese viaje. Uno tras otro todos fueron sucumbiendo. El penúltimo tripulante no resistió el ataque de gastroenteritis aguda y fallecería a las pocas horas (años en la Tierra). Expulsé ese último cuerpo al exterior de la misma forma y, tras largos minutos de reflexión, me resigné a creer que no saldría vivo de esta fatídica expedición. Un viaje que comenzó desde una órbita estacionaria cercana al gigantesco Júpiter y que a los treinta minutos ya nos situó lejos del sistema solar. Al rato oí ruidos del sector D. Como me hallaba a una distancia cercana calculé que, en un par de minutos, contando apertura y cierre de puertas, podría estar allí. La verdad es que me asaltaba un miedo terrible descubrir qué es lo que podía estar provocándolo. Sin embargo, no me quedaba otro remedio que averiguarlo.
Recorrí con cautela los metros que me separaban y llegué a la puerta de acceso. Agachado, para no ser visto por lo que quiera que hubiera al otro lado, me incorporé muy despacio hasta alcanzar el ventanuco de la puerta. ¡No podía creer lo que mis cansados ojos veían! Sometidos a esas intensas fuerzas y radiaciones podría haber ocurrido que mi visión se distorsionara. No obstante, un par de caballos blancos dotados cada uno con un cuerno y alas no era un defecto de los órganos de la vista. Los veía retozar, alzarse moviendo sus alas y volver a descender. Pero al verme se volatilizaron. Desaparecidos… Dos imponentes caballos. Abrí la puerta. El silencio era absoluto. Empecé a pensar que el viaje me había superado, trastornado, vencido en mi insignificante existencia humana y terrena, cuando volvieron a aparecer y se acercaron a mí. Permanecí lo rígido que me permitió mi estado nervioso hasta que desfallecí…
– Sé que parece todo fruto de mi imaginación, pero les puedo asegurar que ellos me sacaron de allí y me trajeron hasta este hospital, abandonándome en el callejón.
- Si nos disculpa…-el doctor y la enfermera salen fuera-¿Qué piensa usted de todo esto, Inés?
- La verdad es que resulta sorprendente, doctor. Aunque claro, se trata de un eminente astrofísico.

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La galería número 6

Nací en un pequeño pueblo minero del norte de Inglaterra, hace ya 77 años, a principios del siglo XX. La minería del carbón, por entonces, estaba en auge y mi familia llevaba ya tres generaciones de mineros en su haber. Por tanto mi futuro estaba marcado tanto por la tradición como por la inexistencia de una fuente alternativa de ingresos.
Permítanme que preserve mi anonimato, más aún cuando solo se me conocía por “muchacho” cuando tuve edad de empezar a trabajar en la mina. Y lo hice forzado por las circunstancias. Mi padre, lesionado gravemente en su columna vertebral, era incapaz de continuar y el único varón en la familia era yo. Así, llegó el día en que tuve que abandonar mis fructíferos avances en la escuela y entrar a trabajar en las galerías.
Parece ser que a los novatos se les enviaba a la galería número seis. Más tarde pude averiguar el porqué, en los escasos momentos en que pude compartir impresiones con otros mineros. Era una galería con mucho trabajo para obtener unos pocos recursos. El resto trabajaban en las galerías uno a cinco, donde el carbón abundaba. La excusa de no enviar a los jóvenes a éstas se basaba en que sería un trabajo mucho más duro. En la galería seis, lo poco que pudieran sacar con su esfuerzo sería suficiente y, de esa forma, contribuía a curtir a los futuros mineros. Una especie de escuela infantil.
En aquella época existía al mando un capataz. Al principio se mostraba amable con nosotros, los jóvenes. Pero a medida que pasaba el tiempo se fue volviendo más duro, más irascible, y no consentía que no se rindiera lo que él estipulaba “producción media diaria”, consistente en un número de vagonetas. El primer día que lo comprobé en mis propias carnes, literalmente, supe que la falta de una vagoneta implicaba un azote con su cinto, del que tengo que añadir estaba dotado de una gran hebilla metálica. El dolor fue insoportable. Tanto que afloraron lágrimas que quise contener para no demostrar el odio generado. Tampoco dije nada a mi padre. Lo asumí como un error y no quería que él supiese que no podía confiar en mí como el principal sustentador familiar. Trabajé más duro al día siguiente, y al otro, y más en los futuros.
Entonces entró a trabajar un nuevo muchacho. Lo conocía. Vivía en mi calle, al final, pero no teníamos contacto. Sin embargo, pronto conocería los azotes del capataz y yo era incapaz de soportar ver el dolor de aquel muchacho. Así comencé a ayudarle, de forma que la última vagoneta fuera casi completa. Cuando, unos días después, me encontraba francamente mal, él se percató de que mi producción estaría por debajo de lo requerido y que, por ello, sufriría los azotes. Y, sin pensarlo dos veces, colaboró en que mi última vagoneta fuera al completo, librándome del seguro castigo. Así forjamos una amistad que aún hoy dura.
Pero continuemos con mi relato. Cierto día, mientras ayudaba a mi padre a desvestirse para tomar un baño, observé en su espalda unas marcas longitudinales. Sabía a qué eran debidas y no quise preguntar ni demostrar sorpresa por el hallazgo. Pasadas unas semanas, a la hora del desayuno, me acerqué al capataz y le dije que era imposible sacar más carbón de esa galería y que estaba dispuesto a incorporarme a la que me designara. ‘Tonterías’ dijo. ‘Vamos a verlo y te juro que como se pueda continuar recibirás un severo castigo’. La sangre se me heló en las venas. Había estado trabajando muchos días en una nueva zona y sabía, con certeza, que de allí no saldría ni media vagoneta más, pero no me quedó más remedio que acompañarlo.
Cuando llegamos al sitio se quedó mirando la gran oquedad abierta. ‘¿Y dices que de aquí ya no sale más? Comprobémoslo. Pica fuerte’ Y así lo hice, de tal forma que se desmoronó la galería. ‘¡Desgraciado. Pide ayuda! Me has abierto una brecha en la cabeza’
Pero no marché. Al contrario, seguí picando fuerte, desmoronando más y más la galería. ‘¿Qué estás haciendo? ¡Te mataré, muchacho! ¡Ayudaaaa!’ Sus gritos se fueron ahogando con las nuevas descargas de roca y tierra. No había nadie más en la galería, y la hora del desayuno tocaba a su fin. Hasta entonces no percibí la falta de aire que me ahogaba por la tierra levantada de mis insistentes picadas por desplomar esa parte de la galería. No podía ni echar mi pico al hombro y regresé arrastrándolo, agotado. La galería me oprimía como nunca antes lo había hecho. Recorrido una decena de metros, que me parecieron una treintena, ya no se oía la voz del capataz.
Algo más adelante me encontré con mis ayudantes de la galería. Les dije que no se podía avanzar porque había habido un derrumbe y trabajamos el resto del día por otra zona. Al acabar la jornada todo el mundo se preguntaba dónde estaría el capataz. Mi amigo dijo que lo había visto marchar apresuradamente, pero que no sabía nada más.
Al día siguiente vino un sustituto y todos pasamos a otra galería. Y al cabo de dos meses, los nuevos muchachos que entraron en la seis, alertados por el olor, pronto descubrirían un macabro espectáculo.

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Padre, deja que te cuente

Padre, no sé si en algún momento esto que escribo llegará a ser visto por ti. Es difícil desde luego, pero eso es lo que pretendo al hacerlo desde este apartado rincón. Y quiero que muestres comprensión con lo que tengo que decirte, aunque te cueste entenderlo viniendo de tu hijo al que conocías bien y quizá, por esa acción, te defraude. Así que, deja que te cuente.
La historia se retrotrae unos años atrás, después de ocurrir el accidente que conociste. Podemos hacer todo tipo de conjeturas de si realmente fue fortuito o alguien influyó en ello. Yo, desde luego, tengo mis sospechas. Lo cierto es que, un tiempo después, y de forma digamos casual, uno de sus compañeros cortejó a la viuda durante varios meses hasta conseguirla. Supe más tarde que él abandonó a una chica o, tal vez, ésta lo abandonara conocidos sus supuestos devaneos con la viuda, y digo bien, porque terminó casándose con ella. Sea como fuere ¿no te parece raro? Continuo. La verdad es que él y yo no nos llevábamos muy bien. El trato era cordial, educado, pero nuestros intereses chocaban, aunque fuéramos cediendo en determinados puntos por el bien de aquella pequeña empresa en la que todos nos conocíamos y sabíamos de las respectivas familias de cada uno, sus problemas y sus ilusiones. Éramos un conjunto de átomos dentro de una misma molécula compleja. No obstante, había algo que no terminaba de convencernos a ambos, eso se palpaba en el aire. O quizás él lo tuviera más claro. Desde luego entre nosotros el diálogo era nulo, ciñéndonos estrictamente a lo laboral. Por ese motivo su vida privada me era conocida desde fuera, desde una visión macromolecular, siguiendo con el ejemplo.
Dado que sus ambiciones iban más allá de lo que realmente pudiera conseguir si se quedaba, terminó marchándose en pos de un futuro mejor. Ya te puedes imaginar a estos tipos, nunca tienen suficiente y su cabeza está llena de pájaros. También yo terminé dejando la empresa e instalándome en otra. Pero el mundo empresarial es una guerra y por razones de cuota de mercado, la lucha por acaparar una mayor nos sumió a ambos, ya desde dos posiciones distintas, en unas tensiones que se fueron haciendo cada vez más evidentes. Esto era peligroso. Había llegado el momento de ver hasta donde era capaz de llegar cada uno en solitario, de hacer ver al otro su auténtica aptitud o ineptitud y, en este último caso, de desbancarlo.
Entonces, padre, deja que te cuente lo que ocurrió para que puedas tener una amplia visión del motivo de mis actos. La situación llegó a un límite. Me cerró las puertas a todo, pretendió hundir mi dignidad, me amenazó, me abandonó casi a la mendicidad. Esto era más de lo que cualquier ser humano puede soportar. Por eso decidí que había llegado el momento.
Ocurrió en la convención anual. Allí estaba él, en la tribuna, esperando el reconocimiento público de su labor, con una malévola sonrisa dibujada en su cara. Y yo, sentado entre la multitud, como uno más, como un don nadie, escuchaba la disertación del presidente del ramo. Aquel discurso ya lo conocía. Sabía lo que se iba a decir y perdía el tiempo escuchando la consecuente sarta de sandeces, así que, me levanté, molesté a toda la fila para poder salir (creo que no pasaría desapercibido para él) y me dirigí a los aparcamientos. Conocía su auto y, amparándome en la oscuridad del recinto, lo forcé. Una vez dentro procedí a abrir el capó. Después hice un pequeño corte en el cable del líquido de freno. Un hilillo comenzó a salir. Cerré el portón.
La salida de aquel lugar, casi en la cima de una colina, solo era posible por una carretera que descendía hasta aproximarse a la entrada de la ciudad. Puedes inferir lo que ocurrió. Me retiré a una distancia prudencial con mi propio auto y esperé a que saliera. Quería verlo con mis propios ojos. En ese momento no tuve en cuenta que su mujer volvería a quedarse sola, que quizá su familia se rompiera. Ya era tarde, aunque eso era un daño colateral, necesario. Al cabo de un buen rato, creo que hasta dormí unos minutos, oí el ruido de un motor de coche y, poco después, pasó cerca de donde me encontraba. Arranqué rápido mi vehículo y me dispuse a seguirlo a una prudencial distancia.
El auto fue acelerando por efecto de la gravedad sin que su conductor, pisando de continuo el pedal (lo veía por las luces de frenada) pudiera hacer nada por evitarlo. Finalmente, en una de las curvas se salió de la carretera y se precipitó por un barranco. La explosión que siguió a su detención en el fondo fue impactante. Sin abandonar mi vehículo continué hasta llegar a la ciudad.
Los días siguientes transcurrieron con normalidad y un día llamaron a la puerta de nuestra casa. Era la policía, que podrás saber a lo que venían. Lo que no serías capaz de adivinar, o tal vez lo sepas es que, en la oscuridad del aparcamiento donde no creí haber sido visto, sí que lo fui. El descuido, en mi ciego deseo de venganza, me llevó hasta esta prisión de donde quizá no salga.
Por eso, padre, por favor, cuida de mi familia desde donde estés.

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Otra noche más en la oficina

Otro día en el que tendré que permanecer unas horas más de lo habitual en la oficina. Un cúmulo de excusas nunca dichas se deben amontonar en la mente de mi esposa: descuadre en las cuentas, organización del trabajo para el día siguiente, auditorias inesperadas y un largo etcétera que, casi con toda seguridad, están minando seriamente el matrimonio, condenándolo a su extinción. Seguro que pensará que tengo una aventura. ¿Cómo podría negarlo llegado el caso? Lo cierto es que me ignora. Hace mucho que no hacemos el amor. Ni siquiera me mira a la cara cuando le hablo, no me contesta, solo esa cara lánguida… Creo que está cayendo en una profunda depresión que debe ser tratada de inmediato. En algún momento me decidiré a plantearlo.
Leales empleados colaboran conmigo en esta ardua tarea. Pero no puedo retenerlos mucho tiempo más. De Recursos Humanos me advirtieron de la escasez de fondos para liquidar horas extra y no puedo abusar de su buena voluntad. Entonces, como siempre, me quedaré solo, con el vigilante, el nuevo. El anterior pidió a la empresa su traslado porque las largas noches en soledad trastornaron su mente haciéndole creer que unos entes fantasmagóricos producían ruidos por diversas dependencias. Estos inconvenientes le provocaban estar toda la noche de aquí para allá buscando la puerta o ventana violentada para dejar expedito el camino con intención de robar quien sabe qué cosas de interés, que ya no dinero por encontrarse éste a buen recaudo en los furgones blindados que, diaria e invariablemente, a las ocho de la tarde era retirado del edificio.
El vigilante llegaba hasta donde había oído el ruido percibido por su agudeza y entraba, linterna en mano, enfocando la luz hacia todos los rincones. Por suerte para él no se produjeron nunca intrusismos pero sí manifestó en sus informes movimiento de sillas, apertura de cajones y otra serie de increíbles hechos de los que nunca pudo demostrarse su veracidad. Su excesivo celo laboral impidió que pudieran prescindir de él por ese motivo. Sin embargo, él mismo pidió ser relevado del puesto ante una situación que le estaba oprimiendo más cada día que pasaba. Algún bromista con quien sabe qué artilugios dirigidos a distancia estaría provocando aquel minúsculo caos. Eso fue lo que trascendió.
Tampoco era mi problema ni mi objetivo averiguar qué fue lo que realmente pasó aquellas noches, aunque, a decir verdad, también comenzó a preocuparme esa obsesión que se iba generalizando entre el resto de trabajadores de la compañía. Es increíble la susceptibilidad de la mente humana, su maleabilidad, su moldeo por otras mentes. A mí no me ha causado ningún efecto. Es más, me produce hilaridad esa psicosis absurda. Pero nadie se atreve a decírmelo a la cara. Deduzco que sabrán, dado mi carácter supongo que para muchos agrio, que no soy proclive a escuchar semejantes patrañas.
Estoy tan ensimismado en el estudio de estos documentos que no he advertido la marcha del resto. No recuerdo haber oído el sencillo “Buenas noches, sr. Rodríguez”. Quizá, ni siquiera se hayan tomado esa molestia por no querer importunar mi visible concentración… Me faltan datos en este informe. Tengo que ir a los archivos. El vigilante debe haber llegado ya. Seguro que no le sorprende el hecho de encontrarse conmigo a estas horas todas las noches, aunque tampoco me saluda al verme. ¿Tan desagradable soy que no merezco siquiera un simple “hola”?
Pulso el botón del ascensor justo cuando aparece por el fondo del pasillo. El ruido de los motores le hace volverse hacia mí y acercarse. Parece que quiere echar un vistazo aprovechando que bajo. Mira incrédulo a la puerta, expectante, echando mano a su porra. La puerta se abre y se introduce tras de mí después de dudar unos segundos. Él mismo pulsa a la planta del sótano. Suelto un gracias que no es respondido. Tal vez haya hablado tan bajo que no lo ha oído. El persistente y típico silencio, rara vez alterado del habitáculo, no se rompe, pero no estoy dispuesto a repetir mi agradecimiento ni a hablar de cualquier asunto trivial, del tiempo, que es lo más común. Cuando llegamos al sótano salgo el primero y me dirijo hacia los archivos. Él permanece en el ascensor, escudriñando con su linterna, hasta que finalmente decide salir. Lo veo enfocar en todas direcciones. ¿Qué diantres estará buscando?
Abro el archivador histórico y rescato la carpeta que me interesa. El vigilante sigue mirando por ahí. No le presto atención. El documento que me interesa fue revisado por mí hacía un par de semanas, pero ahora tiene un post-it: revisado por el fallecido Sr. Rodríguez.

Bucle

En la habitación en penumbra la nieta se afana en preparar todo lo necesario para el cuidado de su abuela. Ésta la mira desde la cama, inmóvil, con sus ojos acuosos y con una leve sonrisa en su rostro, la única que puede ya articular a su avanzada edad. La nieta está concentrada en sus quehaceres: ha cambiado el agua del balde y ha colocado cerca paños para humedecerlos y proceder al lavado de cara, brazos y manos. 
Ayer el lavado fue más completo pero hoy ya no lo necesita. También ha tirado la cuña con sus excrementos y la ha limpiado para un nuevo uso. A pesar de su corta edad no repara en el repugnante olor y visión de los mismos. Alguien tiene que hacerlo y por ello supera toda posible repulsión. Le retira también con cuidado su ropa, levantándola con mucho cuidado y mimo, y le coloca una nueva prenda que, asimismo, se ha encargado de lavar y poner a secar. No le pesa dedicarse a todo puesto que ya no queda nadie más en la casa. Cuando todo ese proceso concluye, se sienta a su lado y le lee uno de sus libros favoritos. No entiende muy bien algunos de los párrafos pero se limita a leer, ya lo entenderá cuando se haga mayor. Su abuela no puede prodigarse en explicaciones que, de seguro, llevarían a una cadena interminable de nuevas preguntas y respuestas. 
Más tarde preparará algo de comer para ambas. Una sencilla comida. Conoce y sabe hacer, al menos, una decena de ellas. Pero eso será más tarde, aún es temprano. El sol comienza a calentar la habitación donde ambas viven prácticamente todo el día, a excepción de cuando la nieta se retira a la contigua, donde una chimenea, con un caldero siempre dispuesto a recibir los ingredientes necesarios para elaborar una suculenta comida, arde de continuo gracias a la inmensa pila de leña amontonada fuera. Una pila que no merma ya que alguien cada día se encarga de reponer los leños gastados para que las dos mujeres jamás queden desprovistas de calefacción ni del necesario fuego para cocinar. Y así van pasando los días, las semanas y los meses. Todo siempre igual. 
La nieta va creciendo, haciéndose una joven fuerte y atractiva. Y su abuela la contempla con admiración porque le recuerda a cuando era como ella.
Cuando un día despierta, postrada en la cama, sin poder moverse, una gran desazón la invade por saber quién se hará cargo de los cuidados que va a necesitar. Pero ahora las cosas han cambiado. 
La vida pasa rápido, casi sin darnos cuenta. Su abuela murió ya hace muchos años y ahora mira como su nieta, tan joven como antaño era ella, se está encargando de hacer que sus últimos momentos de vida sean tan placenteros como los que le proporcionó ella misma a su querida abuela.

Sospechas

Entro en el edificio cargado con bolsas de compra. El ascensor está averiado, reza un papel pegado con cinta adhesiva. Un fastidio, porque tengo que subir las escaleras hasta la sexta planta donde recientemente me he mudado.
En la primera planta la conversacion de dos vecinas se detiene al verme. Las dos me miran suspicaces, aunque ya estoy acostumbrándome a esos desaires y no le presto atención. Sigo subiendo el otro tramo de escalera y al llegar arriba me paro unos segundos a descansar. Suelto las bolsas en el suelo y una de ellas se tuerce por el peso de uno de los botes, derramando parte de su contenido. Por suerte no se ha roto nada. Un vecino, alertado por el ruido, se asoma en bata. Buenos días, me dice y cierra la puerta. Recojo lo vertido y reemprendo la subida.
En la tercera planta me sorprenden los ladridos de un perro que está siendo sacado a hacer sus necesidades. Una disculpa por la actitud del animal es lo único que sale de boca del dueño. Le respondo que no es nada, aunque me he llevado un susto de muerte, mientras pienso 'espero que recoja los excrementos'. No sé si será el de él, u otro, el que tiene por costumbre dejar la puerta de la calle plagada de los molestos montículos que, a punto he estado de pisarlos al llegar.
Cuarta planta. Bueno, ya solo quedan dos. Las puertas están cerradas, pero justo cuando voy a empezar a subir una de ellas se entreabre, curiosa. Miro hacia ella y, como si de un resorte se tratase, se cierra de forma súbita. Espero unos segundos en los que, de seguro, se me estará observando a través de la mirilla. Observo la ranura de luz que se filtra bajo esa puerta y, efectivamente, se ven dos inequívocas sombras de los pies. Hago un gesto de negación y sigo mi camino.
En la quinta planta todo el mundo está fuera, como alarmado. Ya había escuchado el murmullo casi desde abajo. Pero nadie dice nada. Todos callan. Este misterio hacia mi persona me está empezando a agobiar, aunque no quiero indisponerme con ningún vecino ni que sea tachado de indiscreción, así que continuo mi ascenso.
Al fin, sexta planta. Un par de policías esperan fuera, en el rellano. Al lado de mi piso la puerta está abierta, con una cinta amarilla cruzando de lado a lado. Llego a atisbar en su interior a la científica tomando fotos y muestras de huellas. Un policía de paisano, posiblemente detective, sale y me pregunta si soy el inquilino del piso adyacente. Le respondo que sí, que vengo de comprar como se puede ver.
─Lo siento señor, pero tenemos que hacerle algunas preguntas. La joven que vivía aquí ha sido asesinada.
Entonces, velozmente, circulan por mi cabeza los recientes intercambios de fluidos corporales con la joven y guapa vecina, el compartir su cama, el beber vino de sus copas, tocar sus discos y un largo etcétera que me ponen, sin haber hecho nada, en muy graves apuros. Ahora puedo entender todo lo acontecido en mi subida y estoy seguro de que nadie moverá un dedo por ayudarme.

domingo, 14 de abril de 2019

Charlotte

—Mira, ahí va. Andando bajo la acera, expuesta a ser atropellada. No parece que le importe, está en sus dominios. Fíjate que casi no se mantiene sobre sus piernas. Parece increíble que aún puedan sostener ese endeble cuerpo, maltratado por ella misma, vilipendiado, a pesar de ser su único medio de subsistencia. Sí, es Charlotte, inconfundible. Su melena rizada rojo caoba, su típico andar... Ha tenido la mala suerte de vivir en este degradado barrio, quizá desde que nació. Un barrio que retroalimenta su caída hasta lo más profundo, que se hunde sin remedio como un cuerpo atrapado en arenas movedizas, cuanto más se mueve más lo engulle la tierra.
—No. Te digo que no nació aquí. Ella llegó con su familia y se instalaron en aquella desvencijada casa al final de la calle ¿recuerdas? Solíamos jugar dentro. Entonces era una chica joven, normal, algo inquieta eso sí, pero nada más. Su desgracia vendría poco después. Conoció al que, sin darse cuenta, la fue introduciendo en ese mundo. Él fue quien le puso ese nombre, porque no se llamaba así, no. La verdad es que no me acuerdo como se llamaba ¿y tú?
—¡No me hagas recordar mi pasado! Sabes perfectamente que odio retroceder en el tiempo. Hace que afloren en mí indeseables estados anímicos que me llevan a cometer locuras. Ahora me siento bien. Tengo expectativas de trabajo. Soy feliz ¿es que no se nota?
—Sí, es cierto. Ni siquiera me soportabas entonces. Me rechazaste y terminaste por abandonarme. Aquello me dolió profundamente. Intenté en muchas ocasiones un acercamiento, pero tú siempre me dabas la espalda. No me escuchabas y, créeme, intentaba ayudarte porque te aprecio mucho.
—Lo sé, amigo. Por ese motivo también quiero ayudar a esa muchacha. Quiero sacarla de esa vida de perdición. Y tú me vas a prestar apoyo. Bajemos del coche y retrocedamos hasta donde la hemos visto. Con un poco de suerte quizá logremos encontrarla.
—¡Cochero, deténgase!... Sí, ya sé que esta no es la dirección que le indiqué, pero puede marcharse, tome su dinero y, gracias.
La noche ha caído. Una niebla comienza a levantarse por la empedrada calle. Los pasos resuenan y se oyen a lo largo de ella. Solo sus pasos. Nadie más camina por ahí. Dobla la esquina y se adentra en la calle en que estaba Charlotte. Apresura su andar para no perderla, un cliente podría haber ya requerido sus servicios y entonces... entonces tendría que esperar otro momento. Pero no, ha tenido suerte. Ahí está.
—¡Señorita!... no he podido resistir la tentación de detener el coche, y le aseguro que he luchado con todas mis fuerzas, pero su belleza me ha cautivado.
—Será mi último cliente. Hoy he tenido un día muy duro y quiero volver pronto a casa.
—Usted no me recuerda, pero yo sí. Desde hace tiempo... Acompáñeme, vivo cerca.
Ambos se introducen en un callejón estrecho. No se puede ver más allá de algunos metros y, en cierto momento, él se detiene, se acerca a ella, la abraza. Ella se abandona y él la besa con pasión. Después saca su daga y se la clava en el abdomen una, dos...cuatro veces, mientras tapa la boca de ella con su otra mano. Ella cae, resbalando de entre sus brazos.
—Mi nombre es Jack, no se lo había dicho aún. Ahora tengo que cumplir una desagradable tarea. Pero mi amigo y yo hemos decidido que es lo que procede. Usted solo ha tenido la mala suerte de ser la primera.
Jack se marcha dejando en la calle restos dispersos de Charlotte. Más tarde se descubrirá el cadáver y la policía de Londres se volverá loca para intentar, sin éxito, atraparlo.

Recuerdos

Recuerdo ese silencio en el pueblo, tan solo roto por el distante campaneo que, de tarde en tarde, dejaba oír su lamento. Roto por los vientos que azotaban el valle cuando el cierzo arreciaba. Roto por el lejano pitido de la locomotora que se aproximaba a la estación con sus viajeros y se detenía para dejar, pero sobre todo para recoger, su pasaje... 
Pero también recuerdo las fiestas del pueblo. Aquellas en las que se lanzaba, sin ningún resquicio de dolor, desde lo alto de la iglesia, desde su campanario, a una pobre cabra que, de otro modo, también tendría el mismo final si se decidía hacer una caldereta de chivo; la diferencia solo estaba en la forma de morir. Y al llegar la noche, los bailes en la plaza mayor, donde una orquesta tocaba sin parar una música que invitaba a unir a las parejas, jóvenes y mayores, en una danza sensual solo interrumpida por las escapadas, protagonizadas por los zagales hacia sitios más íntimos y ocultos a la vista de los demás, para desfogar sus ardientes deseos encendidos por el acercamiento que propiciaba el bailar pegados. Recuerdo cuando el pueblo acogía a muchos habitantes y a sus hijos. Recuerdo como se fueron marchando éstos y como el pueblo fue envejeciendo. 
Ahora paseo por sus vacías calles, por su plaza mayor, por su cementerio. Y veo la lápida con mi nombre y mis años de nacimiento y muerte.

Vidas paralelas

1
Un día más la misma rutina, un problema tras otro, las difíciles relaciones con los clientes y, especialmente, con los proveedores. Se podría decir que estos eran los que le ocasionaban mayores dolores de cabeza. Lo que podía tardar un día se transformaba en tres, cuatro, cinco, o más. Si era una semana cabía la posibilidad de demorarse hasta quince días. ¿Se podía ser más inepto?. ¿Es que tienen tantos clientes que no pueden dar abasto?... Sus pensamientos se ven interrumpidos por el teléfono que suena bajo el abultado montón de papeles de la mesa de Jorge. Molesto, decide en un primer momento no cogerlo pero, debido a la inquietud que se va apoderando de él por todos los pedidos que tiene pendientes de suministrar, pronto terminará cogiéndolo.
Diga...
Buenos días, González. Soy Pedro Ramírez, ¿podría venir a mi despacho?.
Buenos días, D. Pedro. En un momento estoy ahí.
Jorge cuelga el teléfono y se atusa el pelo antes de subir al encuentro con el Director Comercial. Se pregunta qué rayos querrá y no entiende por qué no se habrá dirigido a su jefe inmediato que es como normalmente se hacen las cosas en la empresa. Espera no encontrarse con un problema grave, entiéndase prescindir de sus servicios, pero descarta la idea ya que debería haber recaído esa función en su inmediato superior. Se acerca a la secretaria para anunciar su cita, pero esta ya lo ha visto llegar y le hace señas para que pase al despacho. Un par de toquecitos en la puerta y la voz de D. Pedro se oye fuerte y clara:
¡Pase!. 
Usted dirá, D. Pedro. 
¡Siéntese González...! No me voy a andar con rodeos─ y a Jorge se le hace un nudo en la garganta─ Imagino que habrá visto el último informe que he pasado a su jefe la semana pasada: las ventas han crecido significativamente en el pasado 2005 y, tengo que decirle que buena parte del éxito ha sido gracias a su gestión. Quiero proponerle un ascenso a jefe del departamento comercial ¿Qué me dice?
¡Vaya!, menuda sorpresa. Me deja usted sin palabras... Definitivamente puede usted contar con que no le defraudaré. Muchísimas gracias. 
No las merece González. He preparado lo necesario para que se traslade a la segunda planta la próxima semana. Liquide sus asuntos y traslade las gestiones que queden pendientes a su jefe. Él se encargará de redistribuirlas. Cuando termine de instalarse vuelva a verme para ir definiendo líneas de actuación futuras. Y ahora, si me disculpa, debo continuar. Dentro de unos minutos tengo una importante reunión...
Gracias de nuevo, D. Pedro. Buenos días.
Jorge abandona el despacho y se dirige a su mesa de trabajo. Está anonadado y su cabeza comienza a dar vueltas sobre el cambio que se va a producir en su vida: ¡un ascenso a jefe de departamento después de tantos años de sacrificio!. Asumirá más responsabilidades, pero también tendrá una mayor remuneración y, posiblemente, su jornada laboral se alargue ahora mucho más. Esto dará lugar a conflictos en su hogar. Como casi es la hora de salir decide irse ya.
Conduce como un autómata, y no le importa que otros conductores cometan irregularidades que, en otras circunstancias, lo sacarían de quicio. Sus pensamientos están en otra parte. Cuando llega a su domicilio aparca el coche cuidadosamente, meditando cómo comentará la noticia a su mujer, y sube a su vivienda. Su mujer lo recibe fríamente y, sin darle tiempo a reaccionar, le suelta “Jorge... he decidido pedirte el divorcio. Las cosas no parecen mejorar entre nosotros y, no creas que no lo he meditado bastante. Lo siento, no hay marcha atrás”, termina impetuosamente de decir debido a la tensión que ha estado soportando. Pero Jorge no contesta ni transmite la buena noticia, no es el momento más adecuado. Da media vuelta y se dirige a la calle. Debe pensar, digerir lo que inesperadamente acaba de escuchar.
Camina lentamente, cabizbajo. Dos sorpresas de signo opuesto en el mismo día. ¿Cómo era posible que su mujer hubiera decidido abandonarlo?. Últimamente la había notado extraña, pero no hasta tal punto. No podía permitirlo, aunque se había marchado sin decir palabra, lo cual era tanto como admitir la separación. ¡Un regalo!, eso es, un buen regalo que calmase la tormenta para intentar disuadirla de su descabellada idea. Debía existir aún alguna solución. No estaba dispuesto a tirar la toalla.
Paseando por la Gran Vía, unos grandes almacenes en la acera de enfrente le brindan la oportunidad de adquirir el deseado presente. Decidido atraviesa la calle y es entonces cuando recibe un brutal impacto que lo envía al suelo. El conductor del vehículo baja visiblemente asustado. Jorge yace sobre el asfalto inmerso en un charco de sangre. El tráfico se colapsa, la gente comienza a arremolinarse. Comienzan a sonar los inoportunos cláxones, pero Jorge solo percibe un murmullo, a veces roto por una insistente locución:
¡llamen a una ambulancia, por Dios!, ¡este hombre necesita un médico urgentemente!...
Jorge no puede moverse y siente como los ojos se le cierran inevitablemente.

2
Es madrugada cuando, debido a su irresoluble problema de insomnio, Jack decide salir a pasear por las vacías y frías calles de Londres. En estos paseos nocturnos una y otra vez le acometen los mismos pensamientos. Recuerda su niñez, y muy especialmente la última paliza que recibió de manos de su padre. ¡Jack, ven aquí!. Sabía lo que le aguardaba, una monumental paliza basada en cualquier falso pretexto, porque otra vez venía borracho, como casi siempre. Y tal como había previsto su padre le pegó salvajemente, ni siquiera dio explicaciones. ¡Te lo mereces, estúpido!, le increpaba mientras seguía golpeándolo. Finalmente lo abandonó en el suelo del salón y Jack lo vio marcharse tambaleándose. Algún día pagará por esto, dice en voz baja, casi imperceptible, no vaya a ser que su padre le oiga y vuelva a la carga.
En aquella época Jack vivía solo con su padre. Su madre murió unos años atrás, cuando era aún muy pequeño, y no la recuerda, pero siente que realmente la conserva en su corazón. Desde entonces había sido cuidado por su padre y, solo esporádicamente, por una tía materna. La mayor parte del día estaba solo porque su padre se lo pasaba en la taberna. Algunas veces lo traían a casa otros hombres porque era incapaz de tenerse en pie, y Jack debía cuidarse de meterlo en cama, desvestirlo, prepararle -si realmente podía hablar- algo de comer,...
El sentimiento de ira le invade al rememorarlo. Su padre murió poco después, víctima de una cirrosis crónica, y su venganza no pudo culminarse. ¡Maldito sea para siempre!, masculla. ¡Que arda en el infierno eternamente!. Entonces, algo llama su atención. Una mujer ha salido de una cercana casa en Thrawl Street y Jack decide seguirla, embaucado por su grácil movimiento. Algún conocido la saluda al doblar Whitechapel Road. Eso dice mucho de su condición. Jack pasa desapercibido, o al menos eso le parece.
Ha comenzado a formarse una densa niebla y acelera el paso para no perderla. El ruido de sus pisadas resuena en el adoquinado suelo y la muchacha se detiene y se gira para ver quien la sigue. Jack no lo duda y se acerca. 
─ Disculpe señorita..., me dirijo a Buck's Row. La niebla es cada vez más espesa y las calles están vacías. Una chica no debería ir sola a estas horas. Si me permite acompañarla. 
─ En realidad vivo muy cerca de aquí pero, de acuerdo, me apetece charlar con alguien por el camino.
─ ¿Me permite preguntarle su nombre? 
─ Me llamo Mary Ann Nichols, ¿y usted?
─ Soy Jack─ y a continuación la detiene cogiéndola fuertemente de un brazo. Antes de que la asustada chica pueda proferir un grito, Jack dirige ambas manos al suave cuello de Mary. En cuestión de segundos, y tras una fuerte presión, la chica cae desplomada.
Jack ha cometido su primer asesinato y se siente muy bien porque lo ha hecho con una gran frialdad, lejos de toda mirada, fácilmente y sin sobresaltos. Son cerca de las cuatro de la madrugada del viernes 31 de agosto de 1888. Necesita más. Saca un instrumento cortante de su abrigo y desgarra la ropa de Mary Ann para, a continuación, asestar un par de cortes en su garganta y después mutilar salvajemente el cadáver. Todo ocurre muy rápido amparado por la densísima niebla. Por último, arrincona el cuerpo y abandona impulsivamente la escena del crimen. Seguramente dormirá mejor esa noche.
A este asesinato seguirían otros, siempre con el mismo modus operandi. La noche, mujeres solas por las calles saliendo de alguna casa en la que ejercían el oficio más antiguo del mundo. No siempre pudo disponer del abrigo de la niebla pero se las ingeniaba para no ser visto. Tan solo una semana después acabó con la vida de Annie Chapman. El cuerpo fue localizado hacia las seis de la mañana del sábado 8 de septiembre. También recibió dos cortes en la garganta pero, en este caso, la mutilación abdominal fue más salvaje. Jack se sentía bien, su odio fraternal iba desapareciendo y, con el transcurrir de los asesinatos, se iba sintiendo cada vez más fuerte. La noticia ya había saltado a la opinión pública. Era famoso. Hasta le dieron un sobrenombre, el destripador, aunque no le atraía mucho el apelativo. Disfrutaba con su evasión de los controles policiales que se hacían cada vez más intensos y que intentaban en vano cercarlo. Pero él se estaba especializando, nunca lo cogerían. 
En la madrugada del nueve de noviembre acabó con la vida de Mary Jane Kelly. Nada hacía presagiar a Jack que esta sería su última víctima, porque la acompañó hasta su domicilio y acabó con ella de la forma más cruel que pudo, dejándola en su propia cama rodeada de sangre y vísceras. Abandonó la estancia y salió a la calle. Había amanecido y la gente comenzaba un nuevo día ajenos a lo que acababa de ocurrir a tan solo unos metros de ellos. Jack iba ensimismado en su obra y no acertó a ver aproximarse un coche de caballos que, a una velocidad un poco alta debía llegar a algún sitio urgentemente. Fue arrollado por los caballos. El cochero se apeó del pescante y dio la alarma. Fue trasladado al London Hospital inmediatamente.

3
Un médico de avanzada edad irrumpe en la habitación escasamente iluminada y se dirige hacia la cama del paciente en su habitual visita matutina. Observa los monitores mientras espera su informe nocturno de la evolución. La enfermera no tarda en aparecer
─ ¡Doctor!, buenos días. No le esperaba tan pronto... El paciente está recuperándose y, si se fija en la lectura del encefalograma... aquí... ve. Debe haber tenido una horrible pesadilla..., la agitación es extrema. Fue entonces cuando quise calmarlo y en ese momento me agarró fuertemente del brazo con ambas manos, tanto que... mire, aún se notan las marcas de sus dedos.
─ Continúe vigilándolo y avíseme tan pronto como vuelva a notar alteraciones nerviosas. Son estadios por los que, irremediablemente, pasan todos aquellos que salen de un coma profundo. Y esperemos que no le afecte demasiado, aunque por lo que me ha mostrado, su actividad cerebral parece desenvolverse dentro de los parámetros normales.
El médico se retira, echando antes un último vistazo a los monitores y la enfermera se queda allí mirando al paciente dormido. Transcurrirán unos minutos, no demasiados, y la pantalla que marca el ritmo cardíaco comienza a mostrar una inusitada actividad. Nerviosa, la enfermera mira el monitor y después al paciente, ¡sus ojos se han movido bajo los párpados!. Vuelve su mirada a la pantalla. Está cansada y cree, en un primer momento, que todo pueda deberse a su imaginación. Se vuelve a fijar y ahora lo ve muy claramente. Definitivamente sus ojos se mueven. Unos segundos de indecisión, da media vuelta y se dirige rauda al teléfono. Avisa a sus compañeros para que intenten localizar al doctor.
Este aparecerá por la habitación no mucho tiempo después con un fonendo al cuello y, aceleradamente, se dirige hacia el paciente. Éste mueve los ojos bajo los párpados, los aprieta levemente y comienza a despegarlos. Con su primera visión de aquel hombre vestido de blanco, con el aparato al cuello, deduce que se encuentra en un hospital, pero la pregunta es forzosa.
─ ¿Dónde estoy?...¿Qué me ha ocurrido?.
─ Está usted en el hospital general. Sufrió un brutal atropello hace semanas y ha permanecido en coma desde entonces. La enfermera que tiene a su lado ha sido su principal apoyo en todo este tiempo. Sin su ayuda no lo habría logrado, créame. ¿Cómo se llama?, diga el nombre de su mujer, donde vive, todo lo que recuerde.
─ Me llamo Jack─ y calla durante unos segundos, como si estuviera intentando recordar sobre sí mismo─ Perdone, estoy confuso... No recuerdo el nombre de mi mujer... 
─ No se llama Jack. Usted se llama Jorge-, replica el doctor. Su mujer ha estado a su lado todo este tiempo, aunque ahora lamentablemente no lo esté, lo digo por este afortunado momento en que, por fin, ha despertado. Debe descansar y recuperarse. Por el momento no hablemos más─ sentencia, tras observar la cara de estupefacción de Jorge y sus miradas a todo lo que le rodea. Y dirigiéndose a la enfermera, advierte "dejémoslo unos minutos a solas y, por favor enfermera, no avise aún a su mujer. Si le pregunta, respóndale con la verdad de lo que de él conocemos. Hay que seguir observando su evolución, porque, evidentemente, tiene un grave trastorno de personalidad".

El profe nuevo

Cuando Faustino se presentó en el pueblo todos lo celebraron con mucho júbilo. El maestro anterior se había dado de baja por una enfermedad considerada grave, y en esa situación ya llevaban más de tres años, con el consiguiente perjuicio para todos los niños en edad escolar para los que iba pasando el tiempo sin poder aprender lo que les correspondía.
El problema se había ido parcheando. Algún que otro lugareño, con algunas nociones de geografía (española, no más), matemáticas básicas (hasta la regla de tres), lengua española (sujeto y predicado, el verbo va dentro de éste último), historia (la más reciente, y siempre contada de forma subjetiva), y la religión, que se ofreció a enseñar sin reparos el cura, formaron a los chavales lo mejor que cada uno supo hacer. A esa edad ya debían conocer algo más de mundo, el álgebra, gramática y escritores y poetas famosos, la historia de forma somera desde el Neolítico, y adentrarlos en el estudio de una lengua extranjera, en los rudimentos de la filosofía, de la lógica matemática...
Pero, al fin, llegó el sustituto con todas esas pretensiones en mente. Un hombre enjuto, con una barba poblada, nariz aguileña y unas eternas gafas redondas se presentó en la clase ante una horda de crios a los que, era evidente, no se les había enseñado nada de educación, la asignatura más importante para él. El día de la presentación fue un infierno. Ninguno se callaba y no dejaban de tirarse cosas unos a otros. Faustino se veía incapacitado para dominarlos. Carraspeó varias veces y terminó elevando algo el tono de voz. Entonces quedó un murmullo. Era su momento.
Comenzó a hablar y, sorprendentemente, todos escucharon en silencio. Quería conocer de primera mano hasta qué nivel habían llegado en las diversas asignaturas, así que pensó que lo mejor era hacerlos partícipes. Uno tras otro fueron definiendo lo estudiado en aquellos vacantes años. Faustino se sorprendió. Su traslado a ese pueblo desde su puesto anterior, del que no quería recordar absolutamente nada, era la única opción que le dieron para poder seguir ejerciendo. Y aquí se encontraba con que tenia que empezar casi desde cero. Desde luego, se encontraría con enseñanzas que debía corregir, dado que habían sido impartidas por personas no profesionales, sin los conocimientos completos de la materia. Era un auténtico reto el que se le presentaba, máxime cuando en tan solo un año debía recuperar todo el tiempo, en cierta manera, perdido. Pero lo que no esperaba encontrar de nuevo, de ningún modo, era el acoso al que había sido sometido en su anterior ubicación. Así, ese primer día, intentó hacerse apreciar por su nuevo alumnado intercambiando anécdotas de su vida tanto de estudiante como de profesor. Con eso relajó un poco el tenso ambiente.
Se alojaría en la casa que ocupó su antecesor, de una planta, con un jardín a su derecha con algunos árboles frutales. Eso le gustó. El disponer de fruta directamente cogida del árbol era muy grato, amén de sano. Nada de refrigerado ni de conservación artificial tan propio de las fruterías de la ciudad, que tienen que preservar lo no vendido para el día siguiente. El interior de la vivienda era sencillo. Una cocina, integrada en el salón con chimenea, un cuartillo de aseo, el dormitorio (que disponía de una bañera) y una pequeña habitación-estudio que reservaría para preparar sus clases y corregir las pruebas o examenes que les hiciera.
Pronto vio que los vecinos lo agasajaban con toda clase de alimentos. El carnicero le traía cada dos días buenas piezas de cerdo o de vaca; el frutero le suministraba la verdura fundamental para asegurarse una salud de hierro; el pescadero traía cada día un kilo de pescado variado; otros trajeron jabón, aceite, vinagre, sal... Los hijos de estos, sus alumnos, pretendían con ello un especial trato, pero al ser del pueblo no había posibilidad de discriminar favorablemente a ninguno. Todos debían ser aleccionados de la misma manera. Esto les enseñaría a comportarse de forma igualitaria en un futuro.
Y en las clases ocurría otro tanto. La algarabía del primer momento pasó a la historia y ahora todos mostraban interés en aprender lo que aquel hombre les iba enseñando, sorprendiéndose de los cambios que se daban en lo que les habían dicho antes y llegando, incluso, a plantear discrepancias que, Faustino, con su buen hacer, sabía encauzar de forma que dejaba sin argumentos. Empezaba a ser respetado, lo que nunca imaginó que pudiera llegar a ocurrir.
Pasaron los meses y Faustino conoció, más íntimamente, a una mujer que había enviudado hacía años. Sus relaciones, como no podía ser de otra forma, se llegaron a conocer por todo el pueblo, y estaban bien vistas, a salvo de algunas excepciones que podríamos achacar a la envidia o a la amargura de otros. Para su sorpresa, no como en su situación anterior, tal evento no fue tomado a broma por sus alumnos, quienes ya habían llegado al nivel de respeto que todo profesor desearía. Y Faustino se sentía pletórico, su vida de nuevo en una senda de felicidad.
Una mañana, las campanas de la iglesia tocaron a duelo. Alguien en el pueblo había muerto. Faustino revisó en su memoria quién podría haber sido el malogrado. Y salió a la calle. Todo el mundo lo miraba y bajaba la cabeza. No se atrevía a preguntar, pero finalmente, un lugareño se lo dijo. Su novia había muerto en extrañas circunstancias. La duda sobre una posible venganza, un maltrato descontrolado, se cernían sobre él. Tanto que, a falta de otras pruebas, fue hecho preso.
Nadie había visto nada y, a la espera de un juicio que se celebraría en la capital, Faustino pasaba días y días encerrado, sin poder seguir dando clases, sin poder volver a ver a su amada. Pero una de las pocas visitas que recibió, la de uno de sus alumnos, le dio la esperanza de poder salir indemne. El chico habia visto por uno de los caminos a su novia y como otro hombre, al que no conocía, la abordaba y se ponía junto a ella en su caminar. Decidió seguirlos. Bordearon el pueblo hasta llegar a la vivienda de su novia. El hombre se introdujo en ella. Había sido justo la noche antes. Faustino le preguntó al niño si sabría reconocer a ese hombre, si se fijó en algún detalle que pudiera incriminarlo. Lo tenía por buen dibujante y, ante su asombro, le hizo un retrato. Faustino llamó al carcelero. Le dijo que viese el dibujo que había hecho su alumno y que le contara la historia que, momentos antes, le narró a él. 
La investigación se puso en marcha y, fundada la historia de aquel alumno, se le permitió abandonar el presidio, aunque no salir del pueblo hasta el definitivo esclarecimiento de los hechos. Faustino ya no era el mismo. Su pérdida, el pasar tanto tiempo encerrado habían provocado en él una profunda depresión. Solo esperaba que pudieran capturar al asesino para que se hiciera justicia y él volviese a gozar del respeto de sus conciudadanos.
No tardarían en dar con él. En el pueblo más cercano, como era de esperar. Un antiguo novio que tuvo aquella desgraciada mujer fue capturado y enjuiciado, encontrándosele culpable y liberando de ese modo al desgraciado Faustino, que gracias a aquel chaval fue capaz de poder seguir adelante y al que le unió una amistad que se prolongaría el resto de su vida.

La macro-aplicación

No hay mejor tarde para quedarse en casa que aquella en la que fuera está cayendo un simulacro de diluvio, como si no fuera a llover nunca más. Por eso para Lucas, David y Esther, esa tarde era el momento ideal para reunirse en casa del primero y, de esa forma, comprobar el extraordinario descubrimiento que Lucas les había comunicado una semana antes. Se trataba de una aplicación informática con unas cualidades para organizar, tabular, obtener previsiones, y algunas otras tan impresionantes que dejarían sin habla a aquellos que presumen hasta la saciedad de conocerlo todo, de no quedar ningún secreto en la red de redes que permanezca oculto a sus ojos.
Lucas había dado con algo novedoso, y necesitaba descubrirlo a fondo. Por eso había estado trabajando durante todo un mes prácticamente sin salir de casa más que para asistir a sus clases y poco más de obligado cumplimiento, nada de actividades de ocio. Y por fin había llegado el momento de mostrar el hallazgo a su mundo más cercano, sus mejores amigos. Después vendría la presentación al resto, el encumbramiento, ¡la GLORIA!. 
L.: Tenéis que prometerme guardar el secreto. Me ha costado un gran trabajo localizar la aplicación, desarrollarla,...
E.: No te preocupes Lucas. No tienes que temer una previa y desautorizada divulgación por nuestra parte.
D.: Tu descubrimiento está a salvo con nosotros.
L.: Bien. Como os iba diciendo me ha costado un  gran esfuerzo poder llegar a relacionarla con las existentes en el mercado y lograr una macro-aplicación capaz de resolver hasta los enigmas históricos que han perdurado hasta nuestros días.
Y se puso manos a la obra con el ratón y el teclado. Apenas sus amigos eran capaces de seguirlo en su intrincado laberinto de acceso mientras Lucas les iba explicando las rutas por las que se movía. Finalmente llegaron a la aplicación que tan de cabeza había traído a Lucas durante tanto tiempo y, desde luego, simplemente la pantalla inicial hacía presagiar descubrimientos maravillosos de lo que podría llegar a conseguirse con ella.
Entretanto la lluvia seguía cayendo con la misma intensidad, de tal forma que el alcantarillado no daba abasto a absorber tanta cantidad de agua. Ello dio lugar a que las calles se convirtiesen en auténticos ríos, por las que el agua descendía en rápidos torrentes arrastrando todo lo que encontraba a su paso. De hecho, las autoridades del país ya habían alertado de ese riesgo, pero la noticia pasó desapercibida para los chicos que, ajenos al recio temporal, seguían descubriendo la herramienta informática más poderosa jamás vista.
L.: Como podéis observar ella sola enlaza con el resto de aplicaciones y se sirve de ellas, de forma que son “obreros” que ayudan a que el “patrón” consiga sus objetivos.
D.: ¿Quieres decir que esta aplicación puede manejar al resto a su antojo influyendo incluso en su operativa?.
L.: Así es. En cierto modo las obliga a que funcionen según las pautas que les marca. Las abre y cierra según sus necesidades. Son auténticas esclavas a su servicio.
E.: Sorprendente.
L.: Aún hay más. Ahora veréis.
Lucas siguió tecleando y moviendo el ratón frenéticamente. Ahora la pantalla se quedó totalmente negra y, poco a poco, desde el centro, empezaron a salir círculos concéntricos. De ellos irradió, primero un haz de luz azul correspondiendo con el color del primer círculo, después uno verde y, a continuación, uno rojo, siguiendo con la secuencia de los círculos. Las luces invadieron la habitación, débilmente iluminada, con tal intensidad que lograron hacer saltar por los aires un objeto de cristal situado en un estante próximo a la pantalla del ordenador. David y Esther estaban boquiabiertos observando aquel impresionante espectáculo de luces y colores. Poco podían imaginar lo que sucedería a continuación.
Un haz de luz rodeó a David, lo zarandeó y levantó en el aire. Esther no podía creer lo que estaba viendo, pero tampoco Lucas, a quien el acontecimiento sorprendió aún más, ya que en experimentos anteriores jamás había ocurrido. Mientras Esther chillaba “apaga el ordenador, apágalo, deprisa”, Lucas estaba bloqueado presenciando aquella luz que había capturado a David y lo tenía suspendido en el aire, cual si se tratase de una enorme serpiente que ha atrapado a su víctima. Por fin reaccionó y se puso a pegar manotazos en el teclado, después tiró del cable de conexión y el ordenador se apagó, llevándose consigo al interior del monitor a David después de operar una fantasmagórica transformación de su cuerpo.
David había desaparecido de la estancia. Esther pudo pronunciar a duras penas: “¿qué demonios has hecho Lucas?, ¿dónde está David?”, mientras daba vueltas como loca a la habitación llorando y maldiciendo.
Lucas no podía creer lo que había visto. Pensaba que tal vez se tratase de una pesadilla. Había estado trabajando demasiado tiempo con esa aplicación y se le había metido hasta en sus sueños. Quizá la cena de la noche anterior había sido más copiosa de la cuenta. Pero, desgraciadamente, no se trataba de una pesadilla. 
─Tenemos que denunciar su desaparición Lucas, pero ¿cómo lo vamos a explicar?
─No sé Esther. Nos hemos metido en un gran lío. Pueden incluso acusarnos de asesinato.
─Por Dios, Lucas, piensa. Haz algo.
─Lo único que se me ocurre es volver a encender el equipo. Tal vez la aplicación pueda devolverlo, como hace con sus herramientas de apoyo.
─¡Estás loco! David ha desaparecido delante de nuestras narices y lo único que se te ocurre es volver a encender ese diabólico aparato. ¿No has pensado que puede volver a hacer lo mismo y “llevarnos” a todos a un limbo?. Pobre David...
─¿Y qué otra cosa podemos hacer? ¿Crees que la policía podrá ver lo que realmente ha pasado?. No podemos hacer entender a nadie lo que es increíble, y lo más probable es que crean que nos hemos deshecho de él y ocultado su cuerpo. Nos interrogarán hasta que terminemos por admitir lo que ellos quieren oír y jamás encontrarán su cuerpo. Nos pudriremos en la cárcel.
─Por favor, Lucas. No lo estropees más aún... No puedo creer lo que nos está ocurriendo. ¿Qué habrá sido de David?. ¿Cómo lo explicaremos a sus padres?
─Créeme Esther, nada de esto había pasado en las pruebas anteriores. Lo que os quería mostrar era que después de las irradiaciones de color el ordenador proyectaba holográficamente en un semicírculo las diversas aplicaciones abiertas, permitiéndote trabajar de forma virtual con múltiples “ordenadores”, siempre bajo la batuta del director de orquesta... Esther, espero que pronto despertemos de esta pesadilla.
─Las pesadillas las sufrimos individualmente, no dos personas a la vez. Por tanto, no estamos soñando Lucas, esto es la pura y cruda realidad.
─Bien. Puesto que yo he sido el causante debo correr el riesgo en solitario. Esther te pido que abandones la habitación. Voy a volver a conectar el equipo. 
La lluvia había cesado. Lejos se oían ya los truenos que también habían acompañado la terrible experiencia de los chicos. Lentamente todo iba volviendo a la normalidad y ahora había llegado el momento en que la decisión de Lucas debía hacer que David “milagrosamente” retornase a la habitación desde algún lugar ignoto. Esther seguía pensando que aquello era una locura, que Lucas no debía arriesgarse a terminar desapareciendo como su amigo. Pero Lucas estaba firmemente convencido de que era la única cosa que podía hacer, y volvió a rogarle que lo dejara a solas. No quería cargar con otra desaparición, si es que él mismo lograba escapar a semejante engendro. Definitivamente, Esther salió a regañadientes, muy a su pesar.
La tensión que invadía el ambiente se podía palpar. Lucas encendió el equipo e intentó tranquilizar el súbito acelerón de su corazón usando métodos de relajación ampliamente conocidos por él, técnicas que solía usar en épocas de exámenes, sobre todo si eran finales. Pero a la vez Esther, que esperaba fuera, estaba igualmente nerviosa, con el agravante de que ella no conocía aquellos métodos que usó Lucas. Más bien cuando le ocurría solía recurrir a fármacos, sin embargo en casa de Lucas no era probable que encontrase nada de eso.
Habrían transcurrido tan solo un par de minutos cuando Esther llamó nerviosa a la puerta de la habitación. 
─Estoy bien, Esther. Tranquila, estoy enlazando los programas que abren la macro-aplicación. Todo va normal, pero,... por favor te lo pido, si llegara a ocurrir lo mismo conmigo no apagues el equipo cuando entres. Observa qué es lo que te muestra la pantalla. Tu ya conoces la forma que tiene la aplicación. Si la sigues viendo pulsa el botón de eliminar, es lo único que se me ocurre. Si no funcionase que Dios te ayude... y perdóname, por favor. Solo podré tener tranquilidad al otro lado si sé que cuento con tu perdón. 
Mientras decía esto, la aplicación estaba ya en pantalla. Había llegado el momento decisivo. Su corazón debería estar latiendo por encima de las 100 pulsaciones por minuto. Respiró hondo durante unos segundos, expiró el aire lentamente. Volvió a hacer lo mismo unas cinco o seis veces hasta que el corazón restableció su ritmo. Lucas conectó con la macro-aplicación y, sorprendentemente, en la pantalla comenzó a escribirse de forma automática lo que parecía un mensaje dirigido a él. Esther se impacientaba.
─¡Lucas! ¿estás bien?. ¿Qué está pasando?, háblame.
─Esther no lo vas a creer. David está vivo. Me escribe desde alguna parte pidiendo ayuda... Espera, me está diciendo qué tengo que hacer para conseguir hacerlo volver. Parece que David puede controlarlo todo desde dentro.
El ordenador empezó a irradiar haces de luz que se colaron por la rendija de la puerta. Esther volvió a llamar nerviosa y Lucas la tranquilizó. Un fogonazo terrible destelló en la habitación y la columna de luz que entonces envolviese a David empezó a surgir de la pantalla. Esther golpeó insistentemente la puerta.
─Por Dios Esther, no entres ahora...
─Pero necesito saber que estás bien, quiero entrar.
─Esther, tengo delante de mí a David en holografía, por favor no entres. No quiero que todo se estropee.
Efectivamente, David había resurgido de unas tinieblas informáticas y, poco a poco, su cuerpo adquiría consistencia, a la vez que la luz iba volviendo velozmente a introducirse en la pantalla. Al cabo de unos interminables segundos David se estremeció con una sacudida, como si hubiese recibido una descarga eléctrica de alto voltaje y recuperó su estructura física. La aplicación se desactivó sola.
Lucas dudó unos instantes. Finalmente se apresuró a apagar el equipo, abrazó a David comprobando que estaba bien y le dijo a la ansiosa Esther que entrase inmediatamente. Los tres se abrazaron durante unos minutos sin mediar palabras.
No hacía falta decir que la macro-aplicación se perdería en los confines de la memoria de Lucas, que todo apunte o mención a la misma se destruiría inmediatamente, y que no se haría ningún esfuerzo por intentar recordar los accesos a la maldita aplicación. La experiencia jamás se contaría a nadie.