lunes, 15 de abril de 2019

Ahora no puedo

Basado en una historia real
Hacía varios días que no sabía nada de él, y esto me dio que pensar. Revisé mentalmente lo hablado la última vez pero no hallé nada que me indujese a creer en algún malentendido que lo distanciase de mí. Entonces ¿a qué era debida esa repentina y prolongada incomunicación con el que, consideraba yo, era uno de sus pocos amigos? Decidí llamarlo.
─ Diga ─se oyó con voz quejumbrosa al otro lado de la línea.
─ Alfredo, soy yo Antonio.¿Estás bien? No sé nada de ti desde hace días.
─ Antonio, ahora no puedo hablar. Perdona. Te llamo en otro momento…
─ Pero ¿qué te ocurre? No te encierres, Alfredo. Debes salir, aunque solo sea para dar una vuelta a la manzana. Cruzarte con la gente por la calle te hará bien, hazme caso.
─ Ya, Antonio. Eso mismo me ha dicho mi médico. Pero no puedo.
─ Pues debes hacerlo, prométeme que lo harás ─y colgué. No quise atormentarlo más. Quizá debía dejarlo recuperarse y no interferir en su deseada soledad.
Alfredo encendió uno de sus cigarrillos puros. Miró a la ventana y vio el edificio de enfrente. En otras circunstancias habría salido sin dudarlo, porque el día estaba límpido de nubes y la temperatura era agradable. Pero negó con su cabeza, recordando esas últimas palabras de su amigo, y se sirvió una copa que engulló de un solo trago, acompañándola de su medicación. Después se dirigió al tocadiscos y buscó entre sus vinilos. Sí, ese de Led Zeppelin estaría bien. Black Dog comenzó a sonar mientras él, recostado en su sillón, cerraba los ojos para rememorar los mágicos momentos en que escuchó por vez primera esos acordes de guitarra eléctrica.

Adormilado percibió que la música cesaba. La aguja retornó a su posición de reposo y él se levantó para darle la vuelta al vinilo. Se hallaba próximo a la ventana que daba al callejón trasero y percibió esos aromas tan conocidos provenientes del obrador de pastelería que se encontraba debajo de su vivienda. Muchas veces había estado en ese salón de té, degustando las exquisiteces allí elaboradas mientras tomaba un café solo, bien cargado. Tan solo tenía que ponerse algo decente, no necesariamente ir trajeado como era su costumbre, para bajar hasta él. Debía estar trabajándose en algo nuevo que tenía que saborear, aunque fuera en solitario y ya no con esa mujer con la que tantas tardes compartiera, además de su alcoba, esos agradables momentos. Esa que le abandonó y que fue la causa de su caída, de su severo alcoholismo.

Nadie podría asegurarme si Alfredo llegó finalmente a bajar a la calle. Tal vez lo hiciese por cumplir la promesa que me hizo, me cabe la duda. Lo cierto es que, pocos días después, se me comunicaba telefónicamente el fallecimiento ocurrido unos días antes. Había muerto en su domicilio en extrañas circunstancias. Me quedó un amargo sabor.

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Pueblo fantasma

No ha pasado tanto tiempo. Aún soy capaz de recordar el silencio que campaba por sus estrechas y empinadas calles poco antes del alba. Ese silencio, roto por el periódico campaneo que dejaba oír su lamento y que, imperturbable, invadía todos los rincones. O tal vez, por el lejano pitido de una locomotora que, arrastrando solo unos pocos vagones, anunciaba su proximidad al pueblo para, con toda seguridad, recoger a unos mozalbetes que deseaban abandonar cuanto antes aquel lugar en busca de un futuro más prometedor en las ciudades, renunciando a sus familias.
 

Pero pronto se levantaba un murmullo que se iba generalizando. De las casas salían temerosos sus pobladores, frotándose aún los ojos por ese despertar forzado que les obligaba a acudir a sus rutinas laborales. Las pocas tiendas abrían sus puertas. El olor a pan recién hecho recorría todas las fosas nasales, penetraba en la carnicería donde se confundía con el aroma de la carne fresca, en la pescadería y en la frutería, y seguía su recorrido ascendente hacia las cercanas montañas.
Y también recuerdo cuando tenían lugar las fiestas. Esas en las que se lanzaba desde lo alto del campanario de la iglesia, sin ningún resquicio de dolor, a una cabra que bien pudiera esperar idéntico final si era una de las seleccionadas para el famoso guiso de cabrito que se hacía en la misma plaza, a la vista de todos, condimentado con las magníficas hierbas aromáticas recogidas a los pies de la montaña. Y cuando llegaba la noche esos bailes amenizados por una orquesta compuesta por músicos formados allí mismo que tocaban sin parar hasta altas horas de la noche, invitando a que las parejas se reunieran en danzas sensuales que, en el caso de los más jóvenes, los llevaran a ocultos rincones donde desfogar sus ardientes deseos.
Entonces el pueblo tenía un considerable número de habitantes. Pero su descendencia, a medida que se iba haciendo mayor y adquiriendo conciencia de progreso, tomaban la firme determinación de marcharse, algunos incluso formando ya una nueva familia a la que querían dotar de una confortabilidad mayor de la que ellos suponían podía alcanzarse en aquel ridículo pueblo, aunque siempre podían volver por vacaciones.
Ahora, sin poder salir de aquí, paseo por sus vacías calles, por su plaza mayor, por las casas que quedaron todas abiertas ya que en ellas no restaba nada, tan solo esos muebles viejos carcomidos y escasos enseres. En el campanario ya no tañe esa campana, permanece inmóvil desafiando el paso de las horas sin anunciarlas. Y tampoco anuncia ya su llegada el ferrocarril porque el nuevo trazado dejó obsoleto el próximo al pueblo y el más rápido avanza lejos de él, como renunciando a acercarse a la muerte.
Pero mi parada obligada tiene lugar cuando me acerco al cementerio y contemplo las lápidas, los nombres y fechas inscritos en ellas, los recuerdos que me traen de aquellos felices tiempos. Y sin poder evitarlo dirijo la mirada hacia la que reza mis datos.
 
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Las horas contadas

Para los pocos transeúntes que recorren esa calle a esas horas, el cartel no induce a error. El establecimiento está cerrado, aunque en la oscuridad de la noche pueda verse una débil luz en su interior, señal inequívoca de que el relojero se encuentra trabajando en la trastienda, su taller. Sin embargo, eso no impide que yo penetre en el local por la puerta trasera que da a un lóbrego callejón, y que avance sin ruidos, sin miedo a ser descubierto. No es la primera vez que lo hago.
El habitáculo que ocupa la trastienda es reducido, más aún por la inmensa cantidad de aparatos medidores del tiempo, de todos los tamaños, que se amontonan por doquier y cuelgan de sus paredes. Puede que se trate de artilugios encargados hace tiempo para su reparación, olvidados por sus dueños debido a la demora que sufren por el arreglo de otros artículos entregados con anterioridad. Pero es que, además, a este hombre le gusta trabajar solo. No confía en nada que no sean sus propias manos para solventar el problema. Y, en verdad, no hay nadie como él.
Las máquinas permanecen dormidas, inmóviles, silenciosas, esperando el momento en que este hombre acceda a sus mecanismos y los ponga de nuevo en funcionamiento. El ruido tan característico que pueda llegar a oírse, una música celestial para los ya débiles oídos del relojero, procede de otros aparatos en marcha, no pendientes de arreglo y que forman parte de su historia personal. Son su vida. Aparatos heredados cuando era muy joven, adquiridos a coleccionistas, como ese curioso reloj de pared, o encontrados, casual e ilógicamente para él, abandonados entre la basura. Quizás adolecían de algún pequeño fallo, nada que él no pudiera solucionar. Y ahora están ahí, colgados, reacios a venderse aún al mejor postor; de qué le sirve el dinero a estas alturas. Su libreta de deudores está llena de anotaciones, algunas de hace años. Pero eso no le importa mientras pueda seguir subsistiendo con otros honrados clientes que abonan la reparación al momento de la entrega. Para él es mucho más satisfactorio el poder reparar un mecanismo averiado que el que le pueda proporcionar una determinada cantidad de dinero. Supone haber superado el reto impuesto por la terca maquinaria, reacia en un determinado momento y por cualquier causa, a continuar su permanente movimiento.
Es un hombre viejo, con pelo ralo en la parte de atrás de su cabeza. De piel arrugada y con lentes, apoyadas en su nariz aguileña, que le proporcionan la necesaria agudeza visual cuando maneja esas diminutas piezas integrantes de los mecanismos más perfectos. Sus manos no tienen la misma firmeza de antaño, pero aún así él es capaz de manejarlas y dotarlas de seguridad cuando se trata de trabajar con esas piezas menudas, casi microscópicas. No importa si cae algún tornillo o pasador, ya imposible de encontrar en el mugriento suelo. Extrae de su gran caja con decenas de pequeños cajones lo que precise y asunto resuelto. Las piezas perdidas serán restituidas a sus correspondientes apartados sin que él pueda llegar a apercibirse de tal reposición. 
Permanece unas horas después del cierre laborando sobre esas precisas máquinas, sin importarle la hora de la cena o a la que tenga que acostarse, que no es fija. Esas son circunstancias que no le atan. La cena, porque la mayoría de las noches solo toma un poco de caldo caliente o una pieza de fruta antes de proceder a acostarse. Y el descanso, porque no tiene hora fija de hacerlo y tampoco necesita dormir muchas horas a su edad. Durante el día, la campanilla de la puerta del establecimiento indicándole que alguien ha entrado perturba su concentración y dificulta la satisfactoria terminación del producto en el que se halle trabajando. En el silencio de la noche, solo acompañado de ese tic-tac entremezclado, y sus pensamientos y recuerdos, es como más cómodo se encuentra para realizar su trabajo.
Y es en estos momentos también cuando puedo charlar con él. Por eso lo hace. A salvo de oídos y miradas indiscretos, de interrogantes sobre su supuesta cordura que él sabe con certeza que no ha perdido.
—¿Ya estás por aquí?— dice mirando al vacío espacio que se encuentra detrás de él.
—Hola, abuelo ¿Cómo puedes adivinar que soy yo si no hago ruido alguno?
—Porque te presiento. Ya no eres ningún misterio para este pobre viejo… que no llegará siquiera a conocerte.
—¿Cómo puedes decir eso? ¿Acaso no te he contado en todo este tiempo que te llevo visitando todo lo relativo a mi vida? ¿Qué otra cosa puede significar conocerme?
—Llegar a haberte podido abrazar. Sentir tu delicada piel de bebé, de niño, tal vez de adolescente…
—Sabes que eso no es posible, abuelo. Pero percibes mi presencia, hablas conmigo… En cierto modo me has conocido, aunque no hayas podido llegar a ver mi aspecto.
—No he contado esto a nadie, ni siquiera a tu madre. Decirle que hablo con un futuro hijo suyo sería un auténtico desastre. Me tomarían por loco, me encerrarían en un asilo y perdería el contacto con mis relojes. Jamás lo haré.
—Ni yo lo consentiré. Y ten por seguro que haré todo lo que esté en mi mano para que nunca dejes tus amadas máquinas de precisión.
La conversación sigue su curso durante algunos minutos más, hasta que decido dar por finalizada nuestra charla con la promesa de volver a hablar pronto, como siempre a su señal, ya que es él quien marca los encuentros. Yo me limito únicamente a atender su llamada. Lo abandono hasta otro momento justo cuando él se levanta de su taburete y se dirige, como si fuera una manía, lo he observado en todas las ocasiones, al antiquísimo reloj de pared colgado frente a él y mueve sus manecillas hasta darle una vuelta completa.
No recuerdo qué es lo que pasa a continuación. Solo sé que despierto de nuevo en mi cama como si todo hubiera sido un sueño.

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Libre albedrío

¿Fobia? ¿yo?
Empecemos por aclarar el término.
Según reza en el diccionario, fobia es un “temor intenso e irracional, de carácter enfermizo, hacia una persona, una cosa o una situación”, o también “odio o antipatía intensos por alguien o algo”.
Bien. Hay dos opciones para tenerla: o temo a alguien (o a algo), o le tengo un odio o antipatía sin igual. Les pondré en situación y juzguen ustedes.
Mi vecino es el típico que mira de arriba abajo cuando uno se cruza con él. Debe poner en conocimiento de todos que hago o dejo de hacer tal o cual cosa. Y seguro que critica mis acciones desde el punto de vista más subjetivo que pueda adoptarse por lo que, en base a ello, todas son punibles. A veces me planteo tomar una iniciativa en función del resultado que pueda obtener y, por tanto, qué comentarios y valoraciones pueda hacer de mí. En ese sentido, tendría temor. No obstante, mi determinación me obliga a realizar la acción, o no, sin miramientos, lo que desmonta el miedo enfermizo; aunque tampoco es menos cierto que, precisamente por esa actitud, mi consideración hacia él roza más bien el odio.
Siguiendo el planteamiento cartesiano de dudar de todo, lo primero que tendría que hacer sería cuestionar si tal comportamiento tiene lugar, para asegurar que por ello está justificada mi actitud hacia él. Porque, al igual que pensaba Descartes, un genio maligno puede estar haciéndome creer tal cosa sin llegar a ser cierta. Pero a este ser, me refiero al genio, lo conozco desde que tengo uso de razón y sé que no me engaña. Por tanto, la forma de actuar del vecino debo considerarla cierta.
Y, de cara a la segunda alternativa, si mi actitud ante él fuera de odio ¿por qué motivo, entonces, lo saludo cordialmente? No, está claro que no lo odio. Solo me resulta algo antipático, pero no en el grado de intensidad que define el término fobia. Si esto fuera cierto, cosa que pongo en duda siguiendo el antedicho planteamiento, no tendría sentido que hubiera acudido a una reputada tienda de armamento militar, entretenido por más de media hora al sufrido dependiente para que me muestre todos los artículos y, finalmente, marcharme con un paquete bajo el brazo. El genio maligno no me ha propuesto que haga tal cosa, de eso puedo estar seguro.
Entonces, si descartamos el odio acérrimo y aún así se sigue pensando en la existencia de la fobia, de la que el genio no puede engañarme, no cabe otra cosa por concluir que poseo un temor intenso e irracional hacia él. Tal vez por eso haya decidido armarme, conociendo de antemano que el individuo es incapaz de matar una mosca. O eso me hace pensar el genio. No lo creeré, por el momento.
Quizás ahora, por ese motivo, estoy aquí esperando a que llegue, en el rellano de la escalera que necesariamente él debe tomar, ya que vive en un primer piso y renuncia coger el ascensor. Me siento en el frío escalón, sin consideraciones a lo que me pueda estar diciendo mi genio interior. Permanezco ahí sentado bastante tiempo. Otros vecinos me han mirado interrogantes, pero no han lanzado ni una pregunta al por qué de mi espera o si he perdido las llaves. Se han limitado a saludar, o no, y continuar su camino.
Finalmente ha aparecido mi vecino, con una sonrisa en su rostro por todo saludo. No me tomo la molestia de contestar ni devolviendo ese sencillo gesto. Deshago el paquete ante su atenta mirada, como si fuera un regalo que pretendo hacerle en reconocimiento de algún detalle que desconoce. Ante sus aterrorizados ojos aparece el arma blanca, brillante, nueva. He de reconocer que es preciosa, pero no la voy a utilizar en mi faceta de cazador, por el momento.
El vecino se queda paralizado ante la visión del objeto. “No pensará usted… aquí” dice tartamudeando, con un terror palpable, su cara pálida, sus piernas temblando perceptiblemente por el leve movimiento de las perneras del pantalón. Cojo el cuchillo, me pongo en pie y me dirijo hacia él. Debo actuar rápido ya que cualquier vecino puede entrar o salir de un momento a otro. El individuo no se mueve. Tan solo levanta los brazos en ademán de que detenga mi acción, pero como he dicho antes, mi determinación es férrea. Me coloco detrás de él y pongo el cuchillo en su garganta. Sus esfínteres no le obedecen y un pequeño charco se forma a sus pies. Es todo mío. Ahora tengo que decidir si atiendo las indicaciones del genio interior, el cual tampoco termina de aclararse, también le han asaltado las dudas y me agobia en sus contradicciones.
“Por favor, no lo haga” me implora. Yo sigo escuchando las elucubraciones de mi genio, que se debate en un cúmulo de interrogantes y respuestas. Un asesinato en el zaguán, que queda parcialmente oculto a la vista de la calle, dejaría a la policía sin prueba alguna del homicida. Ahora me siento con total libertad para hacer lo que solo yo decida.
“¿Le gustó mi cuchillo?”, termino diciéndole.

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En mala hora

Ahora recuerda con añoranza aquellos años de su infancia. Su familia le quería, y no es que ahora hubiera dejado de hacerlo, pero no era lo mismo. Besaban sus fotos, hablaban en voz alta de él sin saber que los estaba escuchando, recordaban momentos muy entrañables… Quería integrarse en el grupo, charlar con ellos, pero su estatus se lo impedía. Lo que si tenía muy claro era que jamás podría hacerles daño, por mucha necesidad que pasara. No, jamás los atacaría.
El fatídico hecho ocurrió cuando solo tenía diez años. Jugaba con sus amigos en un descampado, ajeno a lo que se le avecinaba, hasta que el objeto del juego, una pelota, se alejó hasta el cercano parque. Fue a buscarla cuando la encontró a los pies de un desconocido que no hizo el más mínimo intento de acercársela empujándola con sus pies. Tuvo que aproximarse tímidamente hasta aquel hombre. Cuando estuvo lo bastante cerca oyó unas palabras, pero le sorprendió que salieran de aquella boca impasible, de aquellos apretados labios que ni siquiera se despegaron. Sin embargo, la dulzura del timbre de voz le cautivó y no pudo resistirse a desobedecer la orden dada por aquel individuo, que tan solo dijo “acompáñame”. Volvió la vista hacia sus amigos que lo veían marcharse con él, paralizados por el miedo, mudos por la terrible situación en que se veían inmersos. Nadie más se encontraba en los alrededores, seguramente por el frío reinante a esa hora vespertina. No sabía muy bien por qué motivo lo estaba acompañando, ni adónde lo llevaba, pero continuó a su lado.
Llegaron hasta un gran árbol. El individuo lo agarró por los hombros y, con un rápido movimiento, lo puso contra el tronco, de cara a él. A continuación bajó su cabeza hasta el cuello del chico y despegó sus labios dejando entrever unos afilados colmillos que le sorprendieron. Sintió el pinchazo producido por la mordedura y, a continuación, una desazón muy profunda hasta entonces jamás sentida. Después el individuo desapareció repentinamente.
Aquella noche le asaltaron unos sueños muy extraños, sudaba abundantemente, y se despertó en varias ocasiones con horror por lo presenciado en aquellos episodios oníricos que le parecieron de lo más real.
A partir de entonces su vida cambió. Sus amigos lo abandonaron por sus injustificadas y frecuentes ausencias, por sus evasivas cuando se le preguntaba qué es lo que hacía o por dónde andaba. A ellos, al igual que a su familia, no los tocaría. Su amistad era tan fuerte que traspasaba los umbrales del nuevo mundo. Tenía muchas más oportunidades en el colegio, en la calle, en el barrio. Tantas que le faltaban horas del día. El problema era convencer a sus padres para estar más tiempo en la calle. Su madre lo notaba extraño desde aquel día y, naturalmente, vio la mordedura, hecho al que él respondió sin nerviosismo con la excusa de que había sido picado por dos abejas al importunarlas en su pequeño enjambre cuando la pelota con la que jugaban fue a parar accidentalmente hasta el matorral. La herida cicatrizó pronto y no se volvió a hablar del asunto.
Sus dotes de persuasión se desarrollaron notablemente. Es sabido que el hambre azuza el ingenio, y la capacidad para relacionarse asombró a todo su entorno. Para los adultos, el niño no presentaba ningún problema. Podían dejarlo solo en cualquier situación, y a los pocos minutos se le veía acompañado. Lo que sí era llamativo es que desapareciera, siempre, durante unos minutos.
Su modus operandi varió respecto de su “creador”. No se dirigía al cuello de sus víctimas, pedía la mano de sus acompañantes con la falsa pretensión de intentar adivinar el futuro leyendo las líneas de la mano. Después proponía que, para una correcta predicción, necesitaba unas gotas de sangre que extraería de un leve mordisco en la muñeca. Nadie se negaba ante la perspectiva de conocer su futuro solo con la penalidad de sentir una pequeña incisión. Unas gotas de cada niño eran suficientes por aquel entonces; podía contactar con varios a lo largo del día.
Con la adolescencia la táctica cambió. Los chicos fueron dejados de lado, sustituidos por las chicas. A estas les llamaba la atención aquel atrevimiento de morderle en sus delicadas muñecas. Lo interpretaban como un incipiente encuentro sexual. Pero a él no parecía importarle este punto. No se le conoció ninguna relación, era un chico muy raro.
Fue pasando el tiempo de su vida terrenal hasta el día en que lo volvió a ver. No había cambiado. Tenía el mismo aspecto que la primera vez. Incluso iba vestido de la misma guisa.
─Te he dejado experimentar tu nueva condición unos años─ pronunció con su gélida voz.– Ha llegado el momento de que pases a mi servicio. Te enseñaré cosas que aún desconoces, pasarás a ser mi discípulo incondicional y, a partir de ahora, experimentarás aún más poder. ¿Estás preparado?
─Tengo miedo. ¿Por qué no has estado a mi lado en los malos momentos que he pasado todos estos años? ¿Por qué ahora tengo que seguirte?
─Era necesario. Debías aprender, sólo, a asumir tu nueva vida. Ahora debes unirte a los nuestros. Perteneces a otra familia.
Él se conforma con eso y sabe que ellos no le olvidan.

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El jardín del Edén

En el día de ayer, gracias a varios meses de esfuerzo de nuestros científicos y, como no, a la ayuda inconmensurable de nuestros compañeros robóticos vigilando todo el proceso de crecimiento, culminó el proyecto de jardín que ya ha pasado a conocerse como el nuevo Edén, con algunas especies vegetales recuperadas y aún otras en proceso, esperamos, satisfactorio de evolución.
Bajo la cúpula protectora de nuestra gran nación, creada como saben por el malogrado Nobel Hawking, capaz de filtrar adecuadamente los perniciosos rayos solares que llegan a nuestro planeta para que la fotosíntesis pueda tener lugar al modo como lo hacía antes de que la Tierra se convirtiera en el gran desierto, se han podido regenerar entre otros, la Pawlonia tormentosa, kiri o árbol emperatriz, elemento principal para la reproducción a gran escala de la vida vegetal. Quizá a la mayoría estos nombres les suenen raros, pero les puedo asegurar que, según me contaron en mi infancia, fue una iniciativa que dio muy buenos resultados. Precisamente con el desarrollo de este árbol se han creado las condiciones adecuadas para la progresiva implantación de otras especies, cuyas semillas habían sido puestas a buen recaudo antes del cataclismo del 2040.
Con estos logros, además de proveernos de oxígeno puro al estilo de la vieja civilización, podremos, en un futuro quizá no muy lejano, alimentarnos, aunque a algunos les parezca una auténtica locura, de los vegetales que extraigamos de este jardín. El consumo tan frecuente de los elaborados químicos con contenidos cerealísticos o frutícolas, tenderán a ir desapareciendo en pos de una alimentación más sana procedente de este, deseemos, cada vez más grande jardín.

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Conquista

El último día de vacaciones era de nervios. Sabíamos que la vuelta a nuestras ocupaciones era ineludible y había que aprovechar el descanso las siguientes doscientas horas.
Máxime si, a continuación, nos esperaba aquel bonito planeta azul que sus habitantes llamaban Tierra.